Nunca habíamos tenido tantas formas de estar en contacto con alguien. Podemos escribirnos durante todo el día, compartir una foto, enviar un mensaje antes de dormir, reaccionar a una publicación o saber qué está haciendo nuestra pareja sin necesidad de preguntarle.
Sin embargo, esta posibilidad de estar permanentemente conectados también modificó algunas de las experiencias más íntimas de una relación. Porque estar disponibles digitalmente no significa necesariamente estar emocionalmente disponibles.
Y en algunos casos, las redes pueden empezar a ocupar un lugar inesperadamente importante dentro de la relación.
Cuando las redes entran en la pareja
Antes, muchas situaciones quedaban limitadas a lo que ocurría dentro del vínculo. Hoy existe un escenario adicional.
- Quién siguió a quién.
- Quién puso “me gusta”.
- Quién apareció conectado.
- Quién vio una historia y no respondió.
- Quién comentó una fotografía.
- Quién dejó de seguir a alguien.
Pequeños acontecimientos digitales pueden adquirir un significado emocional mucho mayor que el que realmente tienen. Una persona puede ver que su pareja comenzó a seguir a alguien y pensar:
“¿Por qué la siguió?”
Después aparece otra pregunta:
“¿Quién es?”
Y luego:
“¿Qué estará buscando?”
La situación inicial era pequeña. La interpretación puede hacerla crecer. Las investigaciones recientes muestran que los celos relacionados con las redes sociales pueden asociarse con conductas de vigilancia electrónica de la pareja y, a largo plazo, con menor satisfacción en la relación.
Cuando buscar seguridad termina aumentando la inseguridad
Las redes ofrecen algo especialmente atractivo cuando existe incertidumbre: la posibilidad de comprobar. Podemos mirar. Revisar. Comparar. Volver a mirar.
Y durante unos minutos podemos sentir que tenemos más información y, por lo tanto, más seguridad. Pero la tranquilidad obtenida mediante la comprobación suele ser frágil.
Porque después puede aparecer una nueva duda.
- ¿Por qué tardó tanto en responder?
- ¿Por qué estaba conectado y no me escribió?
- ¿Por qué le dio “me gusta” a esa publicación?
La necesidad de comprobar puede convertirse entonces en un circuito:
duda → comprobación → alivio momentáneo → nueva duda → nueva comprobación.
El problema no es solamente lo que encontramos. Es que podemos empezar a necesitar cada vez más información para sentirnos tranquilos.
El teléfono también puede interrumpir la intimidad
Hay otra forma mucho más silenciosa en la que la tecnología puede afectar una relación.
Están juntos, pero uno mira el teléfono. Están cenando, pero llega una notificación. Están conversando, pero la atención se desplaza hacia la pantalla. No necesariamente existe una intención de ignorar al otro. Pero para quien está del otro lado, la experiencia puede ser:
“Ahora mismo hay algo más importante que yo.”
Este comportamiento recibe el nombre de phubbing: prestar atención al teléfono o a otro dispositivo en lugar de a la pareja.
Una revisión sistemática publicada en 2026 encontró que este fenómeno se relaciona con menor intimidad, satisfacción, confianza y capacidad de respuesta dentro de las relaciones, además de mayor conflicto y celos, menor satisfacción, calidad de la relación, intimidad y cercanía emocional.
Cuando las redes se convierten en una prueba de amor
También puede aparecer otra expectativa:
- “-Si me quiere, debería publicar algo conmigo.”
- “Si está orgulloso/a de nuestra relación, debería mostrarla.”
- “Si no comparte fotos conmigo, ¿qué significa?”
Las redes transformaron algunas formas de expresar públicamente una relación. Pero convertir esas conductas en indicadores obligatorios de amor puede generar problemas.
La intimidad de una relación no puede medirse por la cantidad de corazones que recibe. Compararnos también puede modificar lo que esperamos del amor
Las redes no solamente muestran nuestra propia relación. También nos muestran cientos de relaciones ajenas: Parejas que viajan, parejas que se sorprenden con regalos, declaraciones de amor, fotografías cuidadosamente seleccionadas.
Incluso cuando sabemos racionalmente que estamos viendo una parte editada de la realidad, la comparación puede producir una sensación difícil de explicar:
“¿Por qué nosotros no somos así?”
El problema es que estamos comparando nuestra experiencia completa —incluidos los conflictos, el aburrimiento, el cansancio y las dificultades— con fragmentos seleccionados de la vida de otras personas. Y entonces el amor puede empezar a evaluarse mediante un estándar que ninguna relación real puede sostener permanentemente.
Pero las redes no son necesariamente el problema Sería demasiado sencillo concluir que las redes sociales destruyen las relaciones. No es eso lo que muestran los estudios.
Algunas conductas digitales pueden favorecer el mantenimiento del vínculo: compartir experiencias, expresar afecto, mantener contacto durante la distancia o utilizar mensajes privados para acompañarse.
Cuando estamos conectados pero dejamos de estar presentes
Tal vez uno de los mayores desafíos no sea aprender a desconectarnos de las redes. Sea aprender a volver a conectarnos entre nosotros. Poder conversar sin mirar constantemente una pantalla. Tolerar que el otro tarde en responder sin convertir automáticamente el silencio en una amenaza. Poder expresar una inseguridad sin transformarla en vigilancia.
No utilizar las redes como un instrumento para comprobar cuánto nos quiere el otro. Y recordar que la intimidad no se construye solamente compartiendo información. Se construye prestando atención. Escuchando. Respondiendo. Preguntando. Estando disponibles cuando el otro realmente necesita encontrarnos.
Podemos comenzar por observar algo más cercano:
¿Qué sucede entre nosotros cuando aparece el teléfono?
¿Nos distrae?
¿Nos permite sentirnos cerca cuando estamos lejos?
¿Nos ayuda a compartir?
¿O se convirtió en una manera de evitar conversaciones?
¿Nos tranquiliza?
¿O nos mantiene buscando señales permanentemente?
¿Nos conecta con nuestra pareja?
¿O nos hace estar más pendientes de lo que ocurre afuera que de lo que está ocurriendo dentro de la relación?
Porque el problema no siempre es la cantidad de tiempo frente a una pantalla.A veces es lo que hacemos emocionalmente con aquello que encontramos detrás de ella.
El desafío del amor en tiempos de redes
Las relaciones actuales tienen algo que las anteriores no tuvieron que aprender a gestionar de la misma manera: cómo construir intimidad en un mundo de disponibilidad permanente. Podemos saber más del otro y, paradójicamente, comprenderlo menos. Podemos hablar durante todo el día y tener pocas conversaciones realmente significativas. Podemos estar permanentemente conectados y sentirnos emocionalmente lejos.
Las redes forman parte de nuestra vida y probablemente seguirán haciéndolo.
El desafío no consiste en eliminarlas de la relación. Consiste en evitar que ocupen el lugar de aquello que ninguna tecnología puede reemplazar: la presencia, la confianza, la conversación y la intimidad que se construyen entre dos personas.
Quizás la pregunta no sea cuánto nos conectan las redes. Quizás sea:
«¿Cuando dejamos el teléfono a un lado, todavía sabemos cómo encontrarnos?»
Lic. Viviana Cerimelli
Psicóloga – M.P. 48123
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