El estrés no es simplemente una respuesta ante el exceso de trabajo o las responsabilidades diarias; desde la Psicología Cognitivo-Conductual, lo entendemos como el resultado de una evaluación subjetiva donde percibimos que las demandas del entorno superan nuestros recursos personales para hacerles frente. Cuando esta brecha se sostiene en el tiempo, el cuerpo y la mente entran en un estado de alerta permanente que dificulta la regulación emocional. Gestionar las emociones no significa reprimirlas ni “pensar siempre en positivo”, sino desarrollar la flexibilidad necesaria para identificar qué estamos sintiendo, por qué lo sentimos y qué conducta es la más adaptativa en ese momento. La clave reside en pasar de una reacción automática e impulsiva a una respuesta consciente y regulada que nos permita proteger nuestro equilibrio psicofísico.
Gran parte de nuestro malestar emocional no proviene de los eventos en sí, sino de los sesgos cognitivos con los que interpretamos la realidad. Por ejemplo, ante un error en el ámbito laboral, una persona con baja tolerancia a la frustración puede activar un pensamiento de “catastrofización”, asumiendo que ese fallo define toda su valía profesional. Esta interpretación dispara una respuesta de ansiedad intensa que, a su vez, genera conductas de evitación o bloqueo, alimentando un círculo vicioso de estrés. El abordaje basado en la evidencia nos enseña a cuestionar estas “verdades” mentales mediante la reestructuración cognitiva, permitiéndonos ver los problemas como desafíos resolubles en lugar de amenazas insuperables. Aprender a regular la emoción implica validar lo que sentimos sin permitir que la emoción tome el control total de nuestras acciones.
Identificando las señales de alerta y recursos prácticos
Es común que las personas lleguen a la consulta cuando el estrés ya se ha somatizado en forma de insomnio, contracturas o irritabilidad constante. Un ejemplo claro es el “perfeccionista exhausto”: aquel que no puede delegar tareas por miedo a que no salgan perfectas y termina en un estado de agotamiento extremo (Burnout). Para estas situaciones, contamos con recursos como el entrenamiento en solución de problemas y las técnicas de relajación diafragmática, que ayudan a bajar la activación del sistema nervioso simpático de manera inmediata. Sin embargo, el recurso más valioso es la capacidad de notar la emoción en el cuerpo antes de que se convierta en una explosión. Identificar si lo que siento es miedo, enojo o tristeza me permite elegir una estrategia de afrontamiento específica, como la búsqueda de apoyo social o la reevaluación de mis prioridades.
Para comenzar a gestionar tu estrés hoy mismo, podés aplicar la técnica de la “Pausa Consciente”: ante una situación estresante, detené tu actividad por dos minutos, observá qué pensamientos están cruzando tu mente sin juzgarlos y realizá tres respiraciones profundas. Este pequeño espacio corta la automaticidad del estrés y te devuelve el margen de maniobra sobre tu conducta. Recordá que las emociones son como olas: tienen un punto máximo de intensidad pero, si no las resistimos ni las alimentamos con pensamientos catastróficos, eventualmente bajan. La meta no es dejar de sentir estrés, ya que es una respuesta natural, sino aprender a navegarlo de manera que no erosione tu calidad de vida ni tus vínculos.
Un espacio para recuperar tu calma
Vivir en un estado de tensión constante no debería ser tu normalidad. Si sentís que las emociones te desbordan, que el estrés está afectando tu salud o que ya no disfrutás de las cosas que antes te daban placer, es el momento de buscar herramientas profesionales.
En mi consulta clínica, trabajamos con protocolos validados científicamente para que logres una gestión emocional efectiva, fortaleciendo tu resiliencia y devolviéndote el control sobre tu día a día. Te invito a que agendes una sesión para que juntos diseñemos un plan de afrontamiento a tu medida.
Priorizar tu salud mental es la mejor inversión que podés hacer por vos y por quienes te rodean. Tu bienestar empieza cuando decidís pedir ayuda.
Lic. Viviana Cerimelli



