Procrastinar no siempre es falta de organización: qué dice la psicología sobre por qué postergamos

Ago 1, 2026 | Recursos

Escrito por Viviana Cerimelli

Procrastinar no siempre es un problema de organización Muchas veces postergamos una tarea no porque seamos desordenados, sino porque intentamos escapar del malestar que nos produce.

Retrasar un trabajo, dejar un trámite para otro día o esperar hasta el último momento para estudiar son experiencias muy comunes. Cuando esto ocurre con frecuencia, solemos concluir que el problema es la falta de disciplina, de voluntad o de organización. Sin embargo, desde la psicología sabemos que esa explicación suele quedarse corta.

En muchos casos, procrastinar tiene mucho menos que ver con administrar el tiempo y mucho más con intentar manejar cómo nos sentimos.

Cuando una tarea despierta ansiedad, aburrimiento, inseguridad, miedo a equivocarnos o temor a ser evaluados, nuestro cerebro busca una forma rápida de disminuir ese malestar. Una de las estrategias más eficaces a corto plazo consiste simplemente en posponer la actividad.

Durante unos minutos —o incluso unas horas— experimentamos una sensación de alivio. Ya no tenemos que enfrentarnos a aquello que nos incomoda. Ese alivio, aunque sea breve, hace que nuestro cerebro aprenda que postergar funciona. Y precisamente por eso la conducta tiende a repetirse.

El problema es que la tarea no desaparece.

Mientras el tiempo avanza, comienzan a sumarse nuevas preocupaciones: la culpa por haber postergado, el miedo a no llegar, el aumento de la presión y, muchas veces, una imagen cada vez más negativa sobre uno mismo. Paradójicamente, aquello que buscábamos evitar termina creciendo.

Por eso muchas personas describen una sensación muy particular: saben perfectamente lo que deberían hacer, incluso desean hacerlo, pero aun así les cuesta empezar. No es que desconozcan la importancia de la tarea. Tampoco significa necesariamente que sean irresponsables.

Con frecuencia, el verdadero obstáculo es la emoción que aparece antes de comenzar.

Esto explica por qué alguien puede pasar horas organizando el escritorio, respondiendo mensajes o realizando tareas secundarias antes de ponerse con aquello que realmente importa. Desde afuera puede parecer productividad. En realidad, muchas veces se trata de una forma sofisticada de evitar la actividad que genera mayor incomodidad.

La procrastinación también suele estar relacionada con el perfeccionismo. Cuando sentimos que un trabajo debe salir impecable, comenzar puede resultar intimidante. Si no encontramos el momento ideal, la inspiración perfecta o la confianza suficiente, terminamos esperando condiciones que probablemente nunca lleguen.

Algo similar ocurre con el miedo al fracaso. Postergar permite mantener, al menos por un tiempo, la ilusión de que podríamos hacerlo muy bien si realmente nos lo propusiéramos. Empezar implica enfrentarse a la posibilidad de descubrir que el resultado no sea el esperado.

Desde la terapia cognitivo-conductual entendemos que el objetivo no consiste únicamente en mejorar la organización del tiempo. En muchos casos, el trabajo más importante consiste en aprender a tolerar el malestar inicial que acompaña a determinadas tareas.

Esperar a tener ganas de empezar suele ser una estrategia poco eficaz. Con frecuencia ocurre exactamente lo contrario: la motivación aparece después de haber comenzado.

Dar un primer paso, aunque sea pequeño, permite que el cerebro deje de concentrarse exclusivamente en anticipar dificultades y empiece a obtener información de la experiencia real. Muchas tareas que parecían insoportables antes de iniciarlas resultan bastante más manejables una vez que estamos inmersos en ellas.

Esto no significa que todas las actividades vayan a volverse agradables. Significa que aprender a actuar incluso cuando existe incomodidad suele ser mucho más efectivo que esperar a que esa incomodidad desaparezca por completo.

Escrito por Viviana Cerimelli

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