Apuestas online en adolescentes: cuándo preocuparse y cómo intervenir sin convertirlo en una guerra familiar

Ago 11, 2026 | Recursos

Escrito por Viviana Cerimelli

Las apuestas online entraron en la vida cotidiana de muchos adolescentes con una facilidad que hace algunos años resultaba difícil de imaginar. Un teléfono celular alcanza para acceder a una plataforma, seguir un evento deportivo y apostar dinero en pocos minutos.

Las estadisticas en Argentina muestran que las apuestas forman parte de un entorno al que muchos jóvenes están expuestos y que merece ser abordado desde la prevención.

Para las familias, esto plantea una dificultad particular: ¿cómo intervenir cuando aparece una conducta que puede ser riesgosa sin transformar cada conversación en una pelea?

Cuando apostar empieza a parecer una actividad cotidiana

Durante mucho tiempo, el juego con dinero estuvo asociado a espacios específicos: casinos, agencias, hipódromos o lugares a los que un adolescente difícilmente podía acceder por sus propios medios.

La modalidad online modificó considerablemente ese escenario. Las apuestas pueden aparecer integradas al entretenimiento deportivo, circular a través de las redes sociales y estar acompañadas por publicidad, promociones, influencers o conversaciones entre amigos.

El contexto también influye en la percepción del riesgo. Cuando una conducta aparece repetidamente alrededor de actividades familiares para un adolescente, puede comenzar a percibirse como una forma más de entretenimiento.

Una apuesta durante un partido puede parecer muy diferente de la imagen tradicional que muchas personas tienen del juego de azar. Sin embargo, continúa existiendo un elemento central: se arriesga dinero sobre un resultado incierto con la expectativa de obtener una ganancia.

La digitalización agrega además rapidez, disponibilidad y privacidad. No es necesario desplazarse a ningún lugar ni esperar demasiado tiempo entre una apuesta y otra. La experiencia puede desarrollarse desde el mismo dispositivo que el adolescente utiliza para estudiar, comunicarse, jugar o mirar contenido.

¿Qué puede hacer que resulte tan atractivo durante la adolescencia?

No existe una única razón por la que un adolescente puede comenzar a apostar.

Para algunos puede estar relacionada con la curiosidad o con la influencia del grupo de pares. Para otros puede aparecer asociada al interés por el deporte, la búsqueda de entretenimiento o la expectativa de ganar dinero.

También pueden intervenir la necesidad de experimentar sensaciones intensas, el aburrimiento, la impulsividad o determinadas dificultades para manejar emociones desagradables.

Esto resulta importante porque una misma conducta puede cumplir funciones diferentes.

No es lo mismo apostar ocasionalmente junto con un grupo de amigos que utilizar las apuestas como una forma habitual de escapar del aburrimiento, aliviar tensión o intentar recuperar dinero perdido.

Por eso, antes de decidir cómo intervenir, conviene conocer qué lugar ocupa la apuesta en la vida de ese adolescente.

El problema no siempre empieza con grandes cantidades de dinero

Uno de los errores frecuentes consiste en esperar a que aparezca una pérdida económica importante para considerar que existe un problema. Las dificultades pueden comenzar antes.

Quizás el adolescente empieza a pensar cada vez más en los partidos y en las posibilidades de apostar, necesita aumentar progresivamente la cantidad de dinero utilizada o continúa jugando después de haber decidido detenerse.

En otros casos aparecen conductas de ocultamiento, pedidos frecuentes de dinero, utilización de fondos destinados a otros fines o explicaciones poco claras sobre movimientos en billeteras virtuales.

También pueden observarse cambios que no parecen relacionados directamente con las apuestas: alteraciones del sueño, irritabilidad, dificultades escolares, aislamiento o una preocupación desproporcionada por determinados resultados deportivos.

Ninguno de estos indicadores permite por sí solo concluir que existe un trastorno de juego. Lo que importa es observar el conjunto, la frecuencia, la evolución y el impacto que está teniendo la conducta.

¿Cuándo una familia debería prestar especial atención?

Más que buscar una señal aislada, resulta útil observar si las apuestas comienzan a ocupar un lugar cada vez mayor.

Conviene prestar atención cuando el adolescente:

– tiene dificultades para detenerse una vez que comienza;

– aumenta la frecuencia o el dinero destinado a apostar;

– intenta recuperar mediante nuevas apuestas el dinero que perdió;

– oculta o minimiza cuánto está apostando;

– utiliza dinero que estaba destinado a otras actividades;

– se muestra especialmente preocupado por resultados deportivos o por las próximas apuestas;

– abandona o reduce actividades que anteriormente disfrutaba;

– presenta cambios importantes en el sueño, el estado de ánimo o el rendimiento escolar;

– continúa apostando aunque ya haya experimentado consecuencias negativas;

– se irrita o angustia cuando no puede acceder a las apuestas.

La preocupación aumenta cuando estos cambios comienzan a interferir con diferentes áreas de la vida cotidiana.

La Organización Mundial de la Salud señala que el trastorno de juego se caracteriza por dificultades para controlar la conducta, una prioridad creciente del juego por encima de otras actividades y la continuidad de la conducta pese a sus consecuencias negativas. También advierte que pueden existir daños relacionados con el juego incluso antes de alcanzar el umbral de un trastorno.

¿Qué hacer cuando aparece la sospecha?

La primera reacción de muchas familias suele ser el miedo.

Después pueden aparecer la bronca, la decepción o la necesidad urgente de controlar lo que está haciendo el adolescente.

Estas respuestas son comprensibles, especialmente cuando comienzan a aparecer pérdidas económicas o engaños.

Sin embargo, una intervención basada exclusivamente en el enojo puede dificultar que el adolescente cuente qué está ocurriendo.

Esto no significa que haya que minimizar la conducta ni evitar establecer límites. Significa que el límite y la conversación cumplen funciones diferentes y pueden coexistir.

Una conversación inicial puede comenzar intentando conocer la situación concreta:

¿Cuándo empezaste a apostar?

¿Con quién lo hacés habitualmente?

¿Qué es lo que más te atrae de apostar?

¿Con qué frecuencia lo hacés?

¿Usás dinero propio o pedís dinero para hacerlo?

¿Alguna vez intentaste dejar de hacerlo y te resultó difícil?

¿Alguna vez apostaste más porque querías recuperar lo que habías perdido?

Las preguntas permiten obtener información sin convertir inmediatamente la conversación en un interrogatorio.

Hablar sin convertir la conversación en un juicio

La manera en que se formula una pregunta puede modificar considerablemente lo que el adolescente está dispuesto a contar.

Frases como “¿cómo pudiste hacer algo así?” o “¿no te das cuenta de que estás tirando la plata?” suelen expresar preocupación, pero pueden llevar rápidamente a una discusión sobre quién tiene razón.

Una conversación diferente podría centrarse en las consecuencias concretas:

“Quiero entender qué está pasando porque veo que esto está ocupando cada vez más espacio y me preocupa que termine afectándote”.

O:

“No estoy de acuerdo con que apuestes, pero necesito saber cuánto está ocurriendo para poder ayudarte a resolverlo”.

La intención no es lograr que el adolescente reconozca inmediatamente que tiene un problema.

Primero necesitamos comprender qué está sucediendo.

La campaña nacional de prevención lanzada en Argentina en 2026 recomienda precisamente evitar la culpabilización, favorecer el diálogo y la escucha, no minimizar la situación y buscar orientación profesional cuando sea necesario.

Acompañar no significa dejar que continúe. Escuchar no implica aceptar cualquier conducta.

Una familia puede establecer límites claros respecto del dinero, del acceso a determinadas plataformas y de la utilización de dispositivos, mientras mantiene abierta la posibilidad de conversar sobre lo que está ocurriendo.

De hecho, cuando existe una conducta potencialmente problemática, los límites pueden formar parte de la protección.

Lo importante es que no se conviertan exclusivamente en castigos.

Si cada intervención familiar consiste en quitar el teléfono, revisar mensajes o prohibir determinadas actividades, el adolescente puede aprender a ocultar mejor la conducta sin modificar necesariamente aquello que la está manteniendo.

El objetivo debería ser reducir las oportunidades de apostar, pero también comprender qué función cumple esa conducta y desarrollar alternativas.

El dinero también necesita límites concretos

Cuando aparecen apuestas, hablar únicamente sobre “tener cuidado” suele resultar insuficiente. La familia puede necesitar establecer medidas concretas relacionadas con el dinero disponible y los medios de pago.

Esto puede incluir supervisar temporalmente determinadas cuentas o billeteras virtuales, evitar que el adolescente tenga acceso autónomo a medios de pago que permitan apostar y revisar de manera clara cómo se administrará el dinero mientras se evalúa la situación.

Estas medidas deberían explicarse como parte de un plan de protección y no únicamente como una sanción.

También puede ser útil conversar sobre una idea que suele resultar difícil de aceptar: perder dinero no genera automáticamente la posibilidad de recuperarlo mediante otra apuesta.

Intentar recuperar una pérdida puede convertirse precisamente en uno de los mecanismos que mantiene la conducta.

“Solo quiero recuperar lo que perdí”

Esta frase merece especial atención.

Después de perder dinero, puede aparecer una fuerte necesidad de volver a apostar para recuperar lo perdido. La nueva apuesta se presenta entonces como una solución al problema generado por la apuesta anterior.

Si se gana, puede aparecer una sensación de alivio y la expectativa de que continuar permitirá recuperar aún más.

Si se pierde nuevamente, aumenta la necesidad de recuperar.

Así puede formarse un circuito en el que una pérdida genera otra apuesta y la nueva apuesta aumenta la exposición a nuevas pérdidas.

Desde una perspectiva cognitivo-conductual, resulta especialmente importante trabajar sobre las ideas que aparecen alrededor de este proceso: “ahora me toca ganar”, “estuve cerca”, “sé cómo recuperar la pérdida” o “si dejo ahora, perdí todo”.

Estas interpretaciones pueden hacer que continuar parezca una decisión razonable cuando, en realidad, mantiene el problema.

No todo se resuelve hablando de apuestas Una pregunta clínica importante es qué estaba ocurriendo alrededor de la conducta.

  • Si el adolescente apuesta principalmente cuando está aburrido, será necesario ampliar las alternativas de ocio.
  • Si aparece después de situaciones de estrés, puede ser necesario trabajar otras estrategias de regulación emocional.
  • Si está fuertemente vinculada al grupo de pares, habrá que explorar la presión social y la necesidad de pertenencia.
  • Si se relaciona con una preocupación persistente por obtener dinero, puede ser necesario comprender qué significado tiene ese dinero y qué expectativas están asociadas a él.

Y si la conducta aparece junto con ansiedad, depresión, aislamiento, dificultades escolares u otros cambios importantes, conviene evaluar el cuadro en su conjunto.

La adolescencia es una etapa en la que se desarrollan patrones de comportamiento y habilidades relacionadas con la toma de decisiones, la regulación emocional y la resolución de problemas. Por eso, la intervención no debería limitarse a eliminar una conducta aislada, sino favorecer recursos que puedan resultar útiles en diferentes situaciones.

¿Cuándo conviene consultar con un profesional?

Una consulta puede ser apropiada cuando la familia no logra determinar cuánto está ocurriendo, cuando existen pérdidas económicas, ocultamiento reiterado, dificultad para detener las apuestas o interferencia con el estudio, el sueño, los vínculos o las actividades cotidianas.

También puede ser conveniente cuando las apuestas aparecen asociadas a ansiedad, depresión, irritabilidad intensa, aislamiento u otras conductas de riesgo.

La consulta no implica necesariamente que exista un trastorno de juego.

Puede ser una instancia de evaluación y prevención, especialmente cuando la situación todavía está en una etapa inicial.

La evidencia disponible sobre prevención en adolescentes sugiere que los programas preventivos pueden reducir las conductas de juego, aunque la calidad global de esa evidencia todavía es limitada. Esto refuerza la importancia de intervenir tempranamente y de continuar mejorando las estrategias preventivas.

El objetivo no es generar miedo

Hablar sobre apuestas online con adolescentes no debería consistir en presentar cada apuesta como el comienzo inevitable de una adicción. La prevención funciona mejor cuando permite comprender cómo funcionan las apuestas, qué riesgos existen, qué señales conviene observar y qué alternativas pueden desarrollarse. Por eso, la responsabilidad de prevenir no puede recaer exclusivamente sobre el adolescente ni sobre su capacidad individual para resistir una conducta.

La familia tiene un papel importante, pero también lo tienen las escuelas, las plataformas, los organismos reguladores, los clubes deportivos y las políticas públicas.

Acompañar antes de que el problema crezca

Cuando una conducta comienza a generar preocupación, esperar a que aparezca una consecuencia grave puede hacer que la intervención llegue demasiado tarde.

Prestar atención, conversar, establecer límites razonables y pedir orientación cuando sea necesario permite intervenir mucho antes de que la situación se vuelva más compleja.

La prevención tampoco consiste en controlar cada movimiento del adolescente.

A medida que crecen, necesitan desarrollar autonomía y aprender a tomar decisiones. El acompañamiento familiar consiste, en buena medida, en crear las condiciones para que esa autonomía pueda desarrollarse con límites, información y espacios donde sea posible hablar de aquello que no salió bien.

Las apuestas online forman parte de un entorno digital que seguirá cambiando. La respuesta más útil probablemente no sea intentar aislar completamente a los adolescentes de ese entorno, sino ayudarlos a desarrollar una mirada crítica sobre aquello que consumen, las decisiones que toman y las estrategias comerciales que encuentran cotidianamente.

Y cuando aparece una conducta que comienza a generar consecuencias, intervenir temprano puede marcar una diferencia importante.

  • Una conversación abierta no significa ausencia de límites.
  • Un límite claro no necesita convertirse en una amenaza.
  • Y pedir ayuda no significa haber fracasado como familia.

Cuando las apuestas empiezan a ocupar un lugar que antes correspondía al estudio, los amigos, el deporte, el descanso u otras actividades importantes, vale la pena detenerse y mirar qué está ocurriendo.

A veces, la intervención más importante comienza mucho antes de que aparezca una pérdida significativa: comienza cuando alguien se anima a preguntar, escuchar y tomar en serio lo que está sucediendo.

Lic. Viviana Cerimelli

Psicóloga – M.P. 48123

vivianacerimellipsicologa.com

Atención online para Argentina y países de habla hispana.

Escrito por Viviana Cerimelli

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