¿Alguna vez te sentaste frente a una tarea importante, sabías exactamente qué tenías que hacer y, sin embargo, terminaste revisando el celular, ordenando algo innecesario o buscando cualquier otra actividad? Después apareció la culpa: “Soy un desastre”, “no tengo voluntad” o “siempre hago todo a último momento”.
La procrastinación suele interpretarse como un problema de organización, disciplina o falta de compromiso. Sin embargo, en muchas ocasiones, postergar es una manera de evitar una emoción incómoda: aburrimiento, ansiedad, frustración, inseguridad, vergüenza o miedo a equivocarse.
¿Por qué postergamos lo que sabemos que necesitamos hacer?
Cuando una tarea se relaciona con una sensación desagradable, costosa, nuestro cerebro busca una salida rápida. Revisar mensajes, mirar una serie o dedicarse a una actividad más sencilla puede producir alivio inmediato. Durante unos minutos, dejamos de sentir la incomodidad asociada con aquello que estamos evitando.
El problema es que ese alivio puede reforzar la postergación. Cada vez que evitamos una tarea y nos sentimos mejor en el corto plazo, aumenta la probabilidad de repetir la conducta en el futuro. Mientras tanto, la tarea continúa pendiente y suele acumularse con nuevas emociones: culpa, presión y autocrítica.
Desde la terapia cognitivo-conductual —TCC— se estudia cómo los pensamientos, las emociones y las conductas se relacionan entre sí, aporta herramientas para comprender que esperar a sentirnos motivados o tranquilos antes de actuar puede mantenernos atrapados. Esta perspectiva ayuda a desarrollar una relación diferente con el malestar, sin convertirlo en una condición obligatoria para comenzar.
El mito de esperar a tener ganas
Una idea frecuente es que primero debe aparecer la motivación y después podremos actuar. En la práctica, muchas veces sucede al revés: comenzar con una acción pequeña puede generar más claridad, confianza y disposición para continuar.
Esto no significa ignorar el cansancio, la sobrecarga o las dificultades reales. Significa distinguir entre una necesidad legítima de descanso y una evitación que, aunque alivia en el momento, termina alejándonos de lo que valoramos.
Cuatro herramientas para empezar a cambiar
– Identificá qué malestar estás evitando. Antes de postergar, preguntate: “¿Qué siento cuando pienso en esta tarea?”. Tal vez aparezca miedo a hacerlo mal, aburrimiento, inseguridad o sensación de estar sobrepasado. Nombrar la emoción permite intervenir sobre el problema real, en lugar de etiquetarte como una persona perezosa.
– Reducí la tarea a una acción concreta y pequeña. En lugar de proponerte “terminar el informe”, definí el primer paso: abrir el documento, escribir el título o reunir la información necesaria. Una acción de cinco minutos puede ser más útil que una intención enorme que genera parálisis.
– Permitite hacerlo de manera imperfecta. La exigencia de hacerlo muy bien puede convertir el inicio en algo amenazante. Probá trabajar con una primera versión incompleta, desordenada o mejorable. El objetivo inicial no es producir el resultado definitivo, sino poner el proceso en marcha.
– Practicá permanecer unos minutos con la incomodidad. Cuando aparezca el impulso de escapar hacia el celular o cualquier otra distracción, esperá unos minutos antes de hacerlo. Observá la ansiedad, el aburrimiento o la frustración como experiencias transitorias. No necesitás eliminarlas para continuar; necesitás comprobar que podés actuar mientras están presentes.
Si la procrastinación es persistente, afecta el trabajo, los estudios, los vínculos o la vida cotidiana, puede ser útil explorar qué factores están participando. En algunos casos se relaciona con ansiedad, perfeccionismo, dificultades atencionales, bajo estado de ánimo o una autocrítica muy intensa. Una evaluación profesional permite comprender mejor el patrón y elegir estrategias adecuadas.
No necesitás vencer el malestar para empezar
Postergar no siempre indica falta de responsabilidad. A veces muestra que una tarea quedó asociada con emociones que resultan difíciles de tolerar. Comprender ese mecanismo permite reemplazar la culpa por una mirada más precisa y, sobre todo, más útil.
El cambio no consiste en convertirte en una persona que nunca evita nada. Consiste en aprender a reconocer cuándo estás buscando alivio inmediato y elegir, de manera gradual, una conducta más coherente con lo que necesitás o valorás.
Si sentís que la postergación se repite, te genera sufrimiento o te impide avanzar en aspectos importantes de tu vida, iniciar un proceso de psicoterapia puede ayudarte a comprender qué la sostiene y desarrollar herramientas para actuar con mayor flexibilidad.
Lic. Viviana Cerimelli — M.P. 48123
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