Antes de preguntarle a la IA: ¿qué estamos perdiendo cuando dejamos de resolver nuestras propias dudas?

Sep 28, 2026 | Recursos

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Hace unos años, ante una duda cotidiana, había que detenerse a pensar.

¿Cómo le digo a mi amiga que finalmente no voy a ir a la cena? ¿Cómo organizo mi día? ¿Qué debería responder a este mensaje? ¿Cómo puedo resolver este problema que tuve en el trabajo? ¿Estoy exagerando lo que pasó o realmente debería hablarlo con alguien?

Hoy, muchas de esas preguntas pueden resolverse en segundos escribiendo una frase en un chatbot.

La facilidad es innegable. Y utilizar inteligencia artificial para obtener información, organizar una tarea, generar ideas o encontrar alternativas puede ser perfectamente útil.

La pregunta psicológica es otra:

¿Qué sucede cuando dejamos de utilizarla como una herramienta y empezamos a recurrir a ella automáticamente cada vez que aparece una duda, una decisión o una pequeña incomodidad?

No se trata de estar en contra de la inteligencia artificial

La inteligencia artificial puede facilitar tareas, ampliar el acceso a información y funcionar como apoyo para diferentes actividades. Incluso la investigación reciente sobre chatbots utilizados como intervenciones de salud mental encuentra resultados potencialmente beneficiosos en algunas condiciones, aunque la evidencia presenta limitaciones metodológicas y una certeza global todavía baja.

Por eso, el problema no es consultar a una IA.

Lo interesante es observar qué función empieza a cumplir esa consulta en nuestra vida cotidiana.

Una cosa es pedirle que organice información que ya tenés o que te ayude a encontrar alternativas. Otra bastante diferente es entregarle sistemáticamente decisiones que antes requerían que vos pensaras, eligieras, probaras, te equivocaras y aprendieras.

La diferencia puede parecer pequeña en una conversación aislada. Se vuelve más relevante cuando se transforma en un hábito.

De herramienta a respuesta automática

Imaginá que recibís un mensaje de alguien y no sabés cómo responder.

Antes de pensar qué querés decir, consultás a la IA. Te propone tres alternativas. Elegís una, la enviás y el problema queda resuelto. La próxima vez ocurre algo parecido. Volvés a consultar.

Después aparece una situación diferente: tenés que poner un límite, tomar una decisión, organizar una actividad o resolver un conflicto. La misma respuesta aparece casi automáticamente: preguntarle a la IA qué hacer.

La conducta resulta comprensible porque reduce rápidamente la incertidumbre. Ya no tenés que permanecer demasiado tiempo en ese espacio incómodo de “no sé”.

Pero justamente ahí aparece una cuestión importante desde la psicología del aprendizaje: las capacidades se desarrollan también mediante su utilización.

Decidir requiere decidir. Resolver problemas requiere enfrentarse a problemas. Tolerar la incertidumbre requiere atravesar situaciones en las que no tenemos una respuesta inmediata. Aprender a comunicarnos requiere intentar comunicarnos, equivocarnos, observar la respuesta del otro y ajustar nuestra conducta.

Si una herramienta interviene antes de que esos procesos comiencen, puede resolver la situación concreta sin necesariamente fortalecer la capacidad que estaba detrás de ella.

Externalizar una tarea no siempre significa perder una capacidad

Externalizar parte de nuestro pensamiento no es algo nuevo. Utilizamos calculadoras, agendas, mapas, buscadores y recordatorios desde hace mucho tiempo.

La cuestión está en qué delegamos y qué conservamos para nosotros.

Una investigación reciente diferencia entre un uso de la IA que funciona como apoyo o andamiaje y otro en el que se delega el núcleo del razonamiento. En el segundo caso, denominado dependencia cognitiva externa, la delegación se asoció con menor motivación intrínseca y con peores percepciones de capacidad autónoma, creatividad, procesamiento profundo y juicio independiente.

Otro estudio reciente encontró que la dependencia habitual de la IA, más que el simple uso de herramientas de IA, se relacionaba con una preocupación por la pérdida de “propiedad” sobre el propio pensamiento: la sensación de que lo producido con ayuda de la IA ya no era completamente propio y de que la capacidad independiente podía estar disminuyendo.

Estos estudios no permiten afirmar que utilizar IA provoque automáticamente una pérdida de capacidades. Son investigaciones recientes y todavía necesitamos estudios longitudinales y experimentales que permitan comprender mejor estos procesos.

Pero plantean una pregunta que vale la pena trasladar a la vida cotidiana.

¿Estoy utilizando la herramienta para pensar mejor o para evitar tener que pensar?

Cuando la IA empieza a regular la incertidumbre

Hay otro aspecto especialmente relevante desde la psicología clínica.

Buscar una respuesta puede convertirse en una forma de aliviar rápidamente la incertidumbre.

Si no sabés qué hacer y consultás a la IA, obtenés una respuesta. La duda disminuye. Esa reducción del malestar puede hacer que recurras nuevamente a la misma estrategia cuando aparezca una nueva situación.

El circuito podría parecerse a otros patrones de búsqueda de seguridad:

duda → consulta → respuesta → alivio.

Y cuanto más automático se vuelve, menos espacio queda para experimentar algo diferente: “no sé exactamente qué hacer, pero puedo pensar, elegir y tolerar las consecuencias de mi decisión”.

Una revisión reciente sobre dependencia y uso de IA conversacional señala precisamente que la literatura está empezando a estudiar estos sistemas en relación con la regulación del estado de ánimo, búsqueda de tranquilidad, compañía y dependencia. Sin embargo, también advierte que las investigaciones disponibles son heterogéneas y que muchas asociaciones encontradas no permiten establecer relaciones causales.

¿Qué puede pasar con nuestra autonomía?

Autonomía no significa resolver absolutamente todo sin ayuda.

Pedir consejo, consultar a alguien con experiencia o utilizar una herramienta puede ser una expresión de autonomía cuando forma parte de una decisión deliberada.

La dificultad aparece cuando dejamos de preguntarnos qué pensamos nosotros porque la respuesta externa llega antes.

Entonces podemos empezar a perder algo más sutil que una habilidad concreta: la confianza en nuestro propio criterio.

Un caso clínico publicado recientemente describió precisamente un patrón de dependencia funcional de IA en una persona joven con ansiedad y depresión que comenzó a utilizarla para tareas cognitivas e interpersonales cotidianas, interpretar situaciones sociales, tomar decisiones y anticipar acontecimientos. El caso no permite generalizar a la población, pero ilustra cómo una herramienta destinada inicialmente a ayudar puede terminar funcionando como una estrategia permanente para manejar incertidumbre y duda.

No hace falta llegar a ese extremo para que la pregunta sea relevante. Podés empezar a observarlo en cosas mucho más pequeñas.

Antes de preguntarle a la IA, probá esto

No se trata de abandonar la herramienta. Se trata de recuperar deliberadamente algunos espacios de pensamiento propio.

– Probá primero con tu propia respuesta. Antes de preguntarle cómo responder un mensaje, escribí lo que espontáneamente querés decir. Después, si necesitás, utilizá la IA para revisar claridad o tono.

– Diferenciá información de decisión. La IA puede ayudarte a reunir alternativas, pero decidir qué querés hacer implica considerar tus valores, tus circunstancias y las consecuencias que estás dispuesto a asumir.

– Dejá algunas dudas sin resolver inmediatamente. Si la consulta tiene como objetivo principal disminuir una sensación de incertidumbre, esperá unos minutos antes de hacerla. Observá qué ocurre cuando no obtenés una respuesta instantánea.

– Utilizá la IA para ampliar tu pensamiento, no para reemplazarlo. Pedirle que te señale aspectos que quizá no consideraste puede ser diferente de preguntarle directamente qué deberías hacer.

– Conservá la responsabilidad de la decisión. Una respuesta bien escrita puede parecer convincente y aun así no ser adecuada para tu situación. La fluidez de una respuesta no convierte automáticamente una recomendación en correcta.

Quizás necesitamos recuperar el derecho a no saber

Existe una idea cultural muy instalada: si tenemos acceso a una respuesta, deberíamos obtenerla inmediatamente.

Pero vivir implica tomar decisiones sin contar con toda la información, aprender mediante ensayo y error, tolerar conversaciones incómodas y descubrir algunas respuestas mientras avanzamos.

No todo espacio vacío necesita ser llenado.

No toda duda necesita una respuesta inmediata.

Y no toda decisión necesita una recomendación externa.

La inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinariamente útil cuando amplía nuestras capacidades. La pregunta empieza a ser diferente cuando cada vez que aparece una pequeña dificultad dejamos de recurrir a nuestras propias capacidades antes de recurrir a ella.

Desde una perspectiva psicológica, quizá el desafío no sea aprender a vivir sin inteligencia artificial, sino aprender a utilizarla sin delegarle aquello que también necesitamos seguir practicando como seres humanos: pensar, decidir, tolerar la incertidumbre, comunicarnos, equivocarnos y confiar progresivamente en nuestro propio criterio.

Antes de preguntarle a la IA qué deberías hacer, quizás haya una pregunta previa que vale la pena recuperar:

¿Qué pienso yo que debería hacer?

Y aunque la respuesta no sea perfecta, quizá el hecho de haberla buscado por vos mismo ya sea parte del aprendizaje.

Lic. Viviana Cerimelli M.P 48123

Escrito por Viviana Cerimelli

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