Cuando la ansiedad aparece de forma intensa, lo más natural es intentar que desaparezca cuanto antes. Nadie disfruta de sentir el corazón acelerado, la respiración agitada o la sensación constante de que algo malo puede ocurrir. Frente a esa experiencia, solemos poner en marcha estrategias que buscan recuperar la calma. El problema es que muchas de esas estrategias funcionan… pero solo durante unos minutos.
Ese alivio inmediato resulta tan convincente que terminamos repitiéndolas una y otra vez, sin advertir que, mientras disminuyen el malestar en el corto plazo, fortalecen el problema a largo plazo.
La ansiedad no suele mantenerse únicamente por aquello que la desencadenó, sino también por la manera en que respondemos cuando aparece. En otras palabras, algunas de las soluciones que encontramos espontáneamente pueden convertirse, sin quererlo, en parte del problema.
La primera trampa: evitar aquello que genera ansiedad
Imaginemos que una persona experimenta un ataque de pánico mientras conduce. Es comprensible que, durante los días siguientes, prefiera no volver a manejar. Esa decisión reduce inmediatamente su ansiedad y le transmite una sensación de seguridad.
Sin embargo, el cerebro aprende algo muy diferente. No aprende que pudo afrontar la situación. Aprende que conducir era realmente peligroso y que evitarlo fue lo que la protegió.
Cada nueva evitación refuerza esa asociación y hace que, con el tiempo, resulte todavía más difícil volver a enfrentarse a aquello que se teme. Este mecanismo explica por qué muchas personas terminan restringiendo progresivamente su vida: dejan de viajar, rechazan invitaciones o abandonan actividades que antes disfrutaban, no porque hayan perdido el interés, sino porque la ansiedad comenzó a marcar los límites de su mundo.
La segunda trampa: buscar tranquilidad constantemente
Después de experimentar ansiedad es frecuente necesitar certezas.
Algunas personas consultan repetidamente si “todo está bien”. Otras buscan información en internet, controlan sus síntomas una y otra vez o necesitan que alguien les confirme que no existe ningún peligro.
En ese momento la tranquilidad llega.Pero dura poco.La duda reaparece y obliga a buscar una nueva confirmación.
Lo que parecía una solución termina transformándose en una dependencia silenciosa: la calma deja de provenir de uno mismo y pasa a depender de respuestas externas. Con el tiempo, esa necesidad de tranquilidad impide desarrollar algo mucho más importante: la capacidad de tolerar la incertidumbre sin sentir que debe resolverse de inmediato.
La tercera trampa: intentar controlar todos los pensamientos
Quien convive con ansiedad suele creer que el problema desaparecerá si consigue dejar de pensar en aquello que le preocupa. Sin embargo, la investigación en psicología cognitiva mostró hace décadas que la mente no funciona de esa manera.
El psicólogo Daniel Wegner demostró este fenómeno con un experimento muy conocido. Les pidió a los participantes que intentaran no pensar en un oso blanco durante algunos minutos. El resultado fue paradójico: cuanto más esfuerzo hacían por eliminar esa imagen de su mente, con mayor frecuencia aparecía.
Con la ansiedad sucede algo parecido.
Cuanto más luchamos por expulsar determinados pensamientos, más atentos permanecemos a su presencia. La intención de controlarlos termina manteniéndolos activos y aumenta la sensación de que son peligrosos o incontrolables.
La terapia no busca que dejes de pensar, sino que aprendas a relacionarte de otra manera con esos pensamientos, sin otorgarles un poder que no tienen.
La cuarta trampa: esperar el momento perfecto para volver a vivir
“Cuando deje de sentir ansiedad, voy a volver a viajar.”
“Cuando me sienta mejor, aceptaré ese trabajo.”
“Cuando desaparezca este miedo, retomaré mis actividades.”
Aunque esa lógica resulta comprensible, suele generar un efecto inesperado. La vida queda en pausa mientras se espera una seguridad absoluta que, probablemente, nunca llegue.
Uno de los objetivos de la terapia cognitivo-conductual no consiste en esperar a que la ansiedad desaparezca para actuar, sino en ayudar a la persona a recuperar aquellas actividades que son importantes para ella, aun cuando todavía exista cierto grado de ansiedad.
La quinta trampa: confundir alivio con recuperación
Quizás esta sea la diferencia más importante de todas. El alivio es inmediato. La recuperación es un proceso.
Salir de una situación, pedir tranquilidad, cancelar un compromiso o evitar una actividad puede hacer que la ansiedad disminuya rápidamente. Sin embargo, si cada vez que aparece respondemos del mismo modo, el cerebro nunca tiene la oportunidad de aprender que el peligro no era tan grande como parecía.
Recuperarse no significa dejar de sentir ansiedad. Significa dejar de organizar la vida alrededor del miedo a sentirla.
Ese cambio no ocurre de un día para otro, pero representa uno de los pilares del tratamiento basado en evidencia para los trastornos de ansiedad. La ansiedad suele convencernos de que cuanto más la controlemos, mejor estaremos.
Paradójicamente, muchas veces sucede lo contrario. Cuando comprendemos qué conductas la mantienen, dejamos de luchar contra ella de manera impulsiva y empezamos a responder con estrategias que favorecen un aprendizaje diferente. Ese cambio requiere práctica, paciencia y, en muchos casos, acompañamiento profesional, pero permite recuperar algo mucho más valioso que un alivio momentáneo: la posibilidad de volver a vivir con mayor libertad.
Lic. Viviana Cerimelli
Psicóloga – M.P. 48123
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