Ataques de pánico: síntomas, causas y tratamiento basado en evidencia

Jul 22, 2026 | Recursos

Escrito por Viviana Cerimelli

Pensé que me estaba muriendo”. Lo que realmente ocurre durante un ataque de pánico

“No podía respirar.”

“Sentía que el corazón se me salía del pecho.”

“Estaba convencido de que iba a desmayarme.”

“Pensé que era un infarto.”

Quienes han atravesado un ataque de pánico suelen describirlo con palabras muy parecidas. No importa la edad, el trabajo o el lugar donde ocurra. La sensación es tan intensa que muchas personas terminan en una guardia convencidas de que algo grave está sucediendo en su cuerpo.

Y, sin embargo, cuando los estudios médicos resultan normales, aparece una nueva pregunta:

“Si no era un infarto… ¿qué me pasó?”

La respuesta sorprende a muchos pacientes: tu cuerpo hizo exactamente aquello para lo que fue diseñado. El problema no estuvo en la respuesta física, sino en cómo esa respuesta fue interpretada.

Cuando una alarma se activa sin que exista un incendio

Imaginemos un detector de humo extremadamente sensible. Su función es protegernos. Cuando detecta humo, emite una alarma para que podamos reaccionar rápidamente. Ahora imaginemos que ese detector comienza a activarse también cuando alguien cocina una tostada. La alarma sigue funcionando. Lo que falla no es el mecanismo. Lo que falla es la sensibilidad con la que interpreta el peligro.

Algo parecido ocurre durante un ataque de pánico. Nuestro sistema de alarma se activa provocando una cascada de cambios fisiológicos: aumenta la frecuencia cardíaca, la respiración se acelera, los músculos se tensan y el organismo se prepara para actuar.

Desde el punto de vista biológico, esa respuesta tiene sentido. Lo que transforma esa activación en una experiencia aterradora es otra cosa.

El miedo al propio miedo

Durante muchos años se creyó que el ataque de pánico aparecía de forma completamente inesperada.

Sin embargo, en la década de 1980, el psicólogo británico David Clark propuso un modelo que cambió la forma de entender este problema. Observó que muchas personas interpretaban sensaciones corporales normales como señales de una catástrofe inminente. Un aumento del ritmo cardíaco podía convertirse en:

“Estoy teniendo un infarto.”

Un mareo pasajero en: “Voy a desmayarme.”

La sensación de falta de aire en: “Me estoy ahogando.”

Esas interpretaciones aumentaban todavía más el miedo. Y ese miedo intensificaba las sensaciones físicas. Así comenzaba un círculo que, en pocos minutos, podía alcanzar una intensidad enorme. Era el significado que el cerebro atribuía a lo que estaba ocurriendo.

Puede aparecer sudoración, mareo, visión borrosa o sensación de irrealidad.Las manos pueden temblar. La respiración realmente cambia. Todas esas sensaciones existen. Lo que no significa que indiquen una enfermedad.

La diferencia entre una respuesta de ansiedad y una emergencia médica no puede establecerse únicamente por cómo se siente la persona, sino por una adecuada evaluación profesional. Por eso, cuando los síntomas aparecen por primera vez o existen dudas, es importante realizar una consulta médica para descartar otras causas.

Una vez descartado un problema orgánico, comprender qué ocurre durante un ataque de pánico suele convertirse en uno de los primeros pasos del tratamiento.

La trampa que mantiene el problema

Después del primer ataque muchas personas comienzan a vivir pendientes de su propio cuerpo.

  • Controlan el pulso.
  • Evitan hacer ejercicio.
  • Dejan de viajar.
  • No quieren quedarse solas.
  • Llevan siempre una botella de agua, un ansiolítico o buscan ubicarse cerca de una salida.

Es comprensible. Después de una experiencia tan intensa, cualquiera intentaría evitar que vuelva a ocurrir. Sin embargo, esas estrategias envían un mensaje silencioso al cerebro:

“Había un peligro real. Más vale que sigamos alerta.”

Y así, poco a poco, el miedo deja de centrarse en un infarto o un desmayo para concentrarse en otra posibilidad:

“¿Y si me vuelve a pasar?”

Es entonces cuando muchas personas empiezan a organizar su vida alrededor del miedo al miedo.

¿Qué propone la terapia cognitivo-conductual?

Uno de los objetivos del tratamiento no es convencer a la persona de que “no pasa nada”. Lo que buscamos es comprender cómo funciona ese círculo y ayudar a romperlo.

La terapia combina distintas herramientas respaldadas por décadas de investigación: psicoeducación, identificación de interpretaciones catastróficas, experimentos conductuales y exposición gradual a las sensaciones físicas temidas, siempre adaptadas a las características de cada paciente.

El propósito no es eliminar todas las sensaciones corporales —algo imposible—, sino recuperar la confianza en que pueden experimentarse sin interpretarlas automáticamente como una amenaza.

Con el tiempo, el cerebro aprende algo nuevo. Que un corazón acelerado no siempre anuncia un infarto. Que marearse no significa necesariamente desmayarse. Y que sentir miedo no implica estar en peligro.

Una de las transformaciones más importantes ocurre cuando la persona deja de preguntarse:

“¿Cómo hago para que nunca vuelva a pasar?” Y comienza a preguntarse: “Si alguna vez vuelve a ocurrir, ¿cómo puedo responder de una manera diferente?” Ese cambio parece pequeño. Pero suele marcar el inicio de una recuperación mucho más sólida.

Los ataques de pánico son una de las experiencias más intensas que puede vivir una persona. Pero intensidad no significa peligro.

Comprender cómo funciona ese círculo no hace desaparecer el miedo de un día para otro. Sin embargo, convierte algo que parecía impredecible e inexplicable en un fenómeno que puede entenderse y tratarse.

Y cuando entendemos lo que nos ocurre, empezamos a recuperar algo que la ansiedad suele quitarnos: la sensación de que podemos volver a confiar en nosotros mismos.

Lic. Viviana Cerimelli

Psicóloga – M.P. 48123

Atención online para Argentina y países hispanohablantes

Escrito por Viviana Cerimelli

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