“No sé qué hacer.”
“Necesito pensarlo un poco más.”
“¿Y si me equivoco?”
Muchas personas creen que son indecisas porque les cuesta elegir, tomar decisiones o comprometerse con una opción.
Sin embargo, la pregunta importante no siempre es “¿Por qué me cuesta decidir?”, sino:
¿Qué aprendí sobre equivocarme?
Porque, en muchos casos, el problema no es la falta de capacidad para decidir. El problema es el miedo a las consecuencias de hacerlo.
Cuando equivocarse tenía un precio
Imaginemos a un niño que cada vez que cometía un error recibía críticas, burlas o castigos. Quizás escuchaba frases como:
“¿Cómo no te diste cuenta?”
“Siempre hacés todo mal.”
“Pensá antes de actuar.”
O tal vez el error significaba perder afecto, decepcionar a alguien importante o sentirse avergonzado frente a los demás.
Con el tiempo, el cerebro aprende algo muy simple: Equivocarse duele. Y cuando una experiencia genera dolor de manera repetida, hacemos lo posible por evitar volver a vivirla.
La indecisión muchas veces no es indecisión
Lo que desde afuera parece falta de decisión puede ser, en realidad, una estrategia de protección. Por eso aparecen conductas como:
- pedir la opinión de varias personas antes de decidir;
- pensar una misma situación una y otra vez;
- buscar información de forma excesiva;
- esperar “la señal correcta”;
- postergar decisiones importantes;
- revisar todas las alternativas una y otra vez.
Estas conductas suelen dar una sensación momentánea de seguridad. Pero, a largo plazo, mantienen el problema.
El perfeccionismo también juega un papel
Muchas personas sienten que solo pueden decidir cuando están completamente seguras. El problema es que esa certeza absoluta casi nunca existe. Entonces aparecen pensamientos como:
“Necesito estar cien por ciento seguro.”
“Tiene que ser la mejor decisión posible.”
“No puedo equivocarme.”
Paradójicamente, cuanto más intentamos evitar el error, más difícil resulta decidir.
Un ejemplo cotidiano
Imaginemos que recibís una propuesta laboral.
Una parte de vos siente entusiasmo.
Otra empieza a preguntarse:
“¿Y si después me arrepiento?”
“¿Y si no estoy preparado?”
“¿Y si dejo mi trabajo actual y sale mal?”
Pasás días analizando escenarios. Y aun así, seguís sintiendo que necesitás un poco más de información.
No porque seas incapaz de decidir. Sino porque tu mente intenta reducir al máximo la posibilidad de equivocarse.
¿Cómo ayuda la terapia?
La terapia no busca que tomes decisiones impulsivas. Tampoco pretende convencerte de que equivocarte “no importa”.
Lo que hace es ayudarte a identificar las creencias que sostienen ese miedo, flexibilizar estándares excesivamente rígidos y desarrollar una relación diferente con el error.
Aprender que equivocarse no define tu valor como persona permite recuperar algo muy importante:
La libertad de decidir sin quedar atrapado en el miedo. Tal vez no seas una persona indecisa. Tal vez aprendiste que equivocarte era demasiado costoso. Y cuando el cerebro aprende eso, intenta protegerte.
El problema es que esa protección, con el tiempo, puede convertirse en una prisión.
La buena noticia es que esos aprendizajes pueden modificarse. Y la terapia puede ayudarte a hacerlo.
Si sentís que el miedo a equivocarte está condicionando tus decisiones, la terapia puede ayudarte a desarrollar herramientas para recuperar confianza y vivir con mayor libertad.
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Lic. Viviana Cerimelli
Psicóloga – M.P. 48123
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