Muchas personas sienten que postergan demasiado. Saben lo que tienen que hacer, incluso quieren hacerlo, pero algo pasa en el momento de empezar. Se distraen, lo dejan para después, se ocupan de otras cosas o esperan a “tener ganas”.
Y entonces aparece la explicación más común:
“Soy procrastinador/a”.
Sin embargo, en muchos casos —especialmente en personas con TDAH— el problema no es la procrastinación en sí, sino la dificultad para iniciar tareas, algo mucho más específico y complejo.
¿Es realmente procrastinación? La procrastinación suele definirse como la tendencia a postergar tareas de forma innecesaria, a pesar de saber que eso puede traer consecuencias negativas. Pero esta definición se queda corta cuando se trata de ciertos casos. Porque hay personas que no postergan por falta de interés, ni por rebeldía, ni por desorganización consciente. Postergan porque no logran activarse.
El problema no es querer, es empezar
Desde los modelos cognitivo-conductuales aplicados al TDAH, se entiende que una de las principales dificultades está en la activación conductual.
Es decir, en el proceso que permite pasar de la intención a la acción.
La persona puede:
- saber lo que tiene que hacer
- entender su importancia
- incluso sentir urgencia
Pero aun así, no logra iniciar.
Esto no responde a una decisión consciente, sino a una dificultad en los mecanismos que regulan el inicio de la conducta.
¿Qué pasa en ese momento?
El inicio de una tarea implica varios procesos:
- organizar la acción
- priorizar
- tolerar la incomodidad inicial
- sostener la atención
En personas con TDAH, estos procesos pueden verse alterados, lo que hace que el comienzo de una tarea se sienta más costoso de lo habitual.
Por eso, muchas veces aparecen conductas como:
- “empiezo después”
- “antes hago esto rápido”
- “no es el momento”
No como excusas, sino como formas de evitar ese momento inicial que resulta difícil de atravesar.
La diferencia entre procrastinar y no poder empezar
Esta distinción es clave.
En la procrastinación más clásica, hay una decisión de postergar.
En el TDAH, muchas veces hay intención de actuar, pero dificultad para hacerlo.
Esto cambia completamente el enfoque.
Porque no se trata de “falta de disciplina”, sino de dificultades en la regulación del comportamiento.
La relación con la motivación
Otro punto importante es cómo funciona la motivación.
En el TDAH, la motivación suele estar más ligada a:
- lo inmediato
- lo interesante
- lo estimulante
Las tareas que requieren esfuerzo sostenido, que son repetitivas o que no generan recompensa inmediata, resultan mucho más difíciles de iniciar. Por eso, no es raro que una persona pueda pasar horas concentrada en algo que le interesa, pero no logre empezar una tarea importante.
El impacto emocional
Con el tiempo, esta dificultad genera malestar. No solo por las consecuencias prácticas, sino por cómo la persona empieza a interpretarse a sí misma:
- “soy un desastre”
- “siempre me pasa lo mismo”
- “no tengo constancia”
Esto impacta directamente en la autoestima y aumenta la frustración.
Además, la acumulación de tareas pendientes genera ansiedad, lo que hace que iniciar sea aún más difícil.
La trampa de esperar a tener ganas
Muchas personas esperan a sentirse motivadas para empezar. El problema es que, en estos casos, la motivación suele aparecer después de iniciar, no antes. Esperar a “tener ganas” puede perpetuar el bloqueo.
¿Qué puede ayudar?
El objetivo no es forzarse más, sino facilitar el inicio.
1. Reducir la tarea al mínimo
En lugar de pensar en todo lo que hay que hacer, enfocarse solo en el primer paso.
2. Usar tiempos acotados
Trabajar con intervalos breves (por ejemplo, 10–15 minutos) reduce la resistencia inicial.
3. Externalizar el inicio
Alarmas, recordatorios o rutinas pueden ayudar a activar la conducta sin depender solo de la motivación.
4. Aceptar la incomodidad inicial
Empezar suele ser lo más difícil. No porque sea imposible, sino porque requiere atravesar un momento incómodo.
5. Cambiar la narrativa interna
No es “no quiero”, es “me cuesta empezar”.
Ese cambio modifica la forma de abordarlo.
El rol de la terapia
La terapia cognitivo-conductual permite trabajar específicamente estas dificultades.
Se enfoca en:
- estrategias de activación conductual
- organización y planificación
- manejo del tiempo
- regulación emocional
- trabajo sobre la autocrítica.
Si te sentiste identificado/a, un proceso terapéutico puede ayudarte a entender qué te está pasando y desarrollar estrategias concretas para iniciar y sostener tus actividades.




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